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15 de abril de 2024 0

El carlismo y la falsa dialéctica izquierda-derecha

(Por José de Miguel) –

Es del todo relevante saber, en todos los aspectos de la vida, donde está uno situado. Pese a trascender y superar con creces los meros niveles o dimensiones de lo político y lo ideológico, el Carlismo comparte y participa de estos niveles o dimensiones, y por ello es crucial saber dónde se ubica en tales niveles o dimensiones, para así poder orientarnos de forma adecuada hacia nuestra metas u objetivos.

Es evidente que en el nivel o dimensión de lo político y/o ideológico, la modernidad ha establecido su propio marco conceptual o terreno de juego, y ello le da una enorme ventaja, ya que, por tanto, juega en su propio campo, el cual ha previamente definido e impone e a los demás. En un acto de comparación de cara a poder entender mejor tal ventaja de delimitar e imponer el terreno de juego o marco conceptual, tal imposición vendría a ser equiparable a como el dólar se ha impuesto como moneda de reserva, lo cual ha dado hasta ahora una enorme ventaja económica y política a los EEUU sobre el resto de naciones. Es lo que tiene el poder definir el campo de juego y sus reglas. Lo dicen expresamente: los EEUU defienden un “orden basado en reglas”, evitando referirse al derecho internacional como marco vigente para las relaciones entre las diferentes naciones. Curiosamente son “SUS” reglas, las cuales pueden ellos definir en cada momento, en función de sus intereses, a diferencia del derecho internacional, el cual es fruto del acuerdo con otras naciones, y por ello menor maleable para ellos. La modernidad ha hecho lo mismo, nos ha impuesto SUS reglas a nivel político e ideológico, obligándonos a debatir, pensar y relacionarnos en ese marco de reglas.

Pero tales reglas, impuestas por la modernidad, no solo son cuestionables, criticables, sino que en gran medida son falsas y artificiales, impidiendo un acercamiento a la verdad y a la naturaleza real de las cosas, por lo que es esencial el salir de tal campo de juego o marco conceptual establecido por la modernidad. Tal marco conceptual a nivel político, prefijado e impuesto por la modernidad, deriva esencialmente de la filosofía en la que la modernidad se sustenta, que no es otra que el idealismo (una filosofía con rasgos claramente neuróticos obsesivos e hiperreflexivos, derivada de una premisa tan artificial como es la duda sistemática cartesiana), tras rechazar (de forma no solo errónea, sino posiblemente patológica desde el punto de vista psiquiátrico), a la filosofía perenne realista tomista-aristotélica previa. Se rechaza toda información natural y real procedente de los sentidos, para encerrarse en la mera certeza de la subjetividad de la idea personal. La única certeza válida como base del pensamiento es el “pienso luego existo”: yo, yo, yo, y si queda algo, yo mismo.

Entre las muchas consecuencias o hijos tarados de este idealismo filosófico neurótico de la modernidad (nacionalismo, marxismo, liberalismo, capitalismo, psiconálisis, ideología de género…), destaca a nivel político la versión patológica de la dialéctica hegeliana (tesis-antítesis-síntesis), especialmente la establecida a raíz de la revolución francesa (otra hija tarada de la modernidad), como marco definitorio de la dimensión o ámbito político. Me refiero a la artificial y falsa dialéctica maniquea izquierda-derecha, la cual ha definido hasta ahora el esquema ideológico y político de las naciones y sus sociedades, hasta el punto de generar guerras y frecuentes conflictos sociales, polarizando de forma patológica a la sociedad, al establecer una visión del otro por definición negativa, dentro de este esquema maniqueo. Los buenos son los míos (izquierda o derecha), y los malos son los otros (derecha o izquierda). Ni que decir tiene, que tal simplificación maniquea de la realidad y de la naturaleza humana, es radicalmente errónea (basta ver como miembros de familias tanto de “izquierda” como de “derecha” se pelean entre sí mismos por las herencias de los padres…) La realidad más cercana a la verdad es que cualquier persona podría asumir como propios ciertos valores tanto de izquierdas como de derechas. De hecho, el Carlismo puede y debe asumir valores acríticamente atribuidos como propios de la “izquierda”, tales como la justicia social, la primacía del bien común para la mayoría de la sociedad, y un sano y equitativo reparto del acceso a la propiedad, así como el acceso de la población a unas mínimas y adecuadas sanidad y educación. A su vez, el carlismo comparte con esa “izquierda” ciertas críticas legítimas, como el rechazo al liberalismo como doctrina política filosófica, o su rechazo al capitalismo como régimen económico imperante. Igualmente, el carlismo puede compartir con la “derecha” la defensa de la propiedad privada, un libre mercado real sin oligopolios capitalistas ni invasiones excesivas por el estado, o una defensa de la propia soberanía e identidad cultural, frente a posibles amenazas exteriores tanto militares como culturales. Pero por encima de todo, y a diferencia de los dos polos de esa falsa dialéctica derecha-izquierda, el Carlismo, como corriente tradicionalista defenderá un concepto y visión de la persona y de la sociedad que no es meramente idealista, sino que deriva de una aceptación de la NATURALEZA real de la persona y de la sociedad, y que como todo lo natural, implica unas leyes objetivas, en este caso unas leyes morales concretas.

En este sentido, podemos decir sin complejos, que el carlismo, así como toda opción genuinamente tradicionalista, es profunda y auténticamente ecologista, en el sentido, de que reclama una vuelta y un respeto máximos por la naturaleza real de la persona y de la sociedad. De hecho, podemos afirmar que el tradicionalismo, anclado en la moral católica, es la única genuina corriente política realmente ecologista en el sentido más profundo, ya que es la única que reclama un respeto integral hacia la naturaleza de la persona y de la sociedad en todas sus dimensiones, y no sólo en algunas de ellas. Ello implica no sólo un respeto total hacia la vida humana, desde su concepción hasta la muerte natural, sino también un rechazo total a la ideología de género (última hija deforme de la modernidad), al ser esta algo profundamente antinatural (de hecho es un intento de redefinir la propia naturaleza y sexualidad humanas), pero también implica un rechazo a la separación artificial entre sexualidad y procreación propiciada por algo tan artificial como son los anticonceptivos hormonales (que además de ser abortivos, son el fruto de la peor versión capitalista de la industria farmacéutica).

Igualmente, el tradicionalismo debe rechazar cualquier intento monopolista / oligopolista de dominar o controlar de forma torticera el mercado (el cual es fruto natural de las relaciones normales entre personas y sociedades), por determinadas corporaciones o fondos de inversión dominantes, los cuales además ejercen su poder e influencia (bien por sí mismos, bien a través de ciertas organizaciones internacionales como la ONU), para determinar ciertos aspectos de las naciones, condicionando sus inversiones o apoyos, a que estas naciones acepten ciertos programa ideológicos y políticas, tales como la ideología de género o el aborto.

Así pues, tal esquema ideológico basado en la falsa dialéctica maniquea derecha-izquierda, no sólo es erróneo, sino que también es perverso y generador de enfrentamientos y fanatismos, por lo que nos condiciona mentalmente en un grado del que no somos conscientes, haciendo además que la sociedad sea por ello fácilmente manipulable por unas élites político-corporativo-mediáticas-financieras-académicas, las cuales no solo han definido y controlan ambos polos de esta falsa y artificial dialéctica (de hecho controlan numerosos gobiernos tanto de izquierda como de derecha), sino que al haber diseñado e impuesto tal falsa dialéctica, saben muy bien cómo dividir a las sociedades en base a esa falsa dicotomía, para así entretenernos y tenernos enfrentados y divididos entre nosotros como sociedad, mientras que nos van controlando y dominando progresivamente de forma cada vez más totalitaria.

Mientras, nos ocultan la única y verdadera dialéctica real y natural, que no es otra que la del bien contra el mal, esto es, la del respeto a la naturaleza de la persona y de la sociedad contra el intento de redefinir la naturaleza humana. Aquí el campo actual se llena de ejemplos: hormonar adolescentes para alterar su sexualidad natural, modificando o fusionando la genética humana (con el objetivo de conseguir el soldado perfecto, es decir, carne de cañón, como los orcos del Señor de los Anillos), o promoviendo híbridos hombre-máquina tanto a nivel orgánico como neuronal, que sean fácilmente controlables.

Esta lucha del bien contra el mal, de la natural contra lo antinatural, es la única dialéctica auténtica, si bien puede adoptar ciertas formas transitorias (globalistas totalitarios contra las soberanías e identidades de las naciones, etc). Es nuestro deber acotar el campo de lucha y saber quién es el enemigo real.

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