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26 de febrero de 2025 0 / / / / / / / / / / / / / / / / / /

El origen de la Tradición, Luz de Dios en los primeros tiempos

Desde tiempos inmemoriales el hombre ha buscado en su entorno la presencia de lo sagrado, reflejo de un orden divino que rige la Creación. Hace milenios, en los albores de la humanidad, nuestros antepasados no eran ajenos a esta verdad y, aunque inmersos en la penumbra del paganismo, ya manifestaban un anhelo de trascendencia que solo hallaría su plenitud en la Revelación cristiana.

El fuego, descubierto hace alrededor de 600.000 años, fue un don providencial que permitió al hombre dominar la naturaleza y sobrevivir en un mundo hostil. No fue un simple hallazgo fortuito, sino una manifestación de la inteligencia que Dios otorgó a su criatura predilecta, prefigurando su destino superior. Posteriormente, con el deshielo de los glaciares entre el 50.000 y el 10.000 a.C. emergió el homo sapiens, criatura que ya mostraba signos de un orden social incipiente basado en la autoridad, la familia y el sentido de comunidad: principios esenciales que la Tradición ha preservado a lo largo de la historia.

Con el paso de los milenios, las tierras fértiles se transformaron en frondosos bosques y la humanidad, todavía en su infancia, comenzó a representar en las paredes de las cuevas escenas de su vida cotidiana. Sin embargo, en este período el hombre cayó en la confusión y, apartado de la Verdad, rindió culto a deidades femeninas esculpidas en piedra, símbolos de una sacralidad mal comprendida. Estas imágenes, extendidas desde los Pirineos hasta Siberia, muestran la necesidad de lo trascendente en el alma humana, pero también evidencian la desviación primigenia de una humanidad que aún desconocía la plenitud de la fe verdadera.

Así, la historia de la humanidad es testimonio del combate entre la oscuridad y la luz, entre la idolatría y la Verdad. No fue hasta la llegada del cristianismo que el hombre encontró su camino definitivo, redimiéndose de sus errores y abrazando el orden natural y divino que le corresponde. Las primeras sociedades cristianas restauraron la auténtica jerarquía moral y política, sustentada en la familia, la patria y la fe en Dios. Lo que en la prehistoria fue una búsqueda instintiva de lo sagrado halló su culminación en la Santa Iglesia, institución que ha preservado, desde los tiempos apostólicos, la Verdad revelada y el orden tradicional que debe regir a la humanidad.

Hoy, en un mundo que pretende rechazar sus raíces y disolver el orden natural, es más necesario que nunca recordar que el verdadero desarrollo no está en la negación de la Tradición, sino en su restauración. La historia nos enseña que el hombre, cuando se aparta de Dios, cae en la barbarie y la confusión. Solo el retorno a la Fe católica y a los principios que han regido la civilización cristiana podrá garantizar un futuro digno para las naciones y para el alma de cada hombre.

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