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14 de junio de 2019 0 / /

El País “Manco”

En otras ocasiones he tratado sobre la inutilidad de la política para nuestros fines. La democracia no tiene nada que ofrecernos -excepto si perteneces al lado BDI (¿qué haces aquí?)-. Nosotros, el pueblo llano, no tenemos nada que ganar en ella, mientras que, por el contrario, todo podemos perderlo. Aun así, la mayoría de la gente vota igualmente. Personalmente, estoy seguro de que la principal razón de esto es la costumbre y, también, en aquellos países donde sea obligatorio, evitar sanciones legales. La gente común no quiere más problemas de los que ya tiene. El llano, salvo contadísimas ocasiones –si es que hay alguna-, jamás vota ilusionado, de hecho, su desprecio y hartazgo por la política es evidente.

Fundamentalmente, la política nos resulta irrelevante porque el rol de los políticos ya no es gobernar. No obstante, hoy escarbaremos un poco en la basura ¿Por qué en Argentina no hay derecha política? A pesar del no-abstencionismo Vaysia (para el caso práctico, por Vaysia nos referimos a la clase media en sentido amplio), que podría invitar a pensar que, en consecuencia, al menos una fuerza debería haberse consolidado a nivel nacional para captarlos como electorado; de este lado del Rio de la Plata no encontramos formulaciones de derecha política -¿Y del otro?-. Argentina es un auténtico país “manco”. Vamos, querido compatriota ¿Puede mencionar al menos un partido de derecha que haya sido relevante? No ¿Verdad? Es más, hasta es difícil recordar siquiera uno solo a nivel nacional ¿UCD? Ok, desaparecida hace veinte o veinticinco años ¿Otra más? ¿Acción por la Republica? Apenas cuenta como fuerza política nacional, sin mencionar que solo ha disputado una sola elección, pero se la damos ¿Otra? ¿El PRO? Por favor. Hasta ahí ¿No? Efectivamente. Si hay algo que ha caracterizado a la democracia argentina es la ausencia de una fuerza política nacional inequívocamente ubicada a la derecha del espectro político. Pero, esperen ¿Y el peronismo? A eso me refiero con “inequívocamente”. Durante su historia, el peronismo parece haber dado bruscos cambios de lado, y hoy está completamente en la izquierda ¿Cómo explicarlo? Comencemos de una vez.

El primer efecto lo encontramos ya en 1912, cuando la Ley Saenz Peña abrió el juego democrático. Fue evidente que los conservadores simplemente no entendían la democracia. Cuando esta llegó, las papas les quemaron en las manos y ellos se “bloquearon”. Fueron inmediatamente desplazados de la arena de competencia electoral. Demoraron solo cuatro años, dos periodos electorales, en perder su último gobierno constitucional para no volver a lograr otro nunca más. Y tan abrupta fue la irrupción de la democracia que, en el tiempo, solo una institución dentro del aparato estatal se mantuvo fiel a los viejos Optimates, las Fuerzas Armadas. De hecho, fueron su único medio de gobierno efectivo desde entonces hasta su caída en 1983, y su posterior destrucción sistémica por parte de cada gobierno que le siguió. Y es que el abandono y humillación pública de las Fuerzas Armadas es el trofeo de guerra que los subversivos reclamaron. Pero no nos adelantemos. La clave está en que la democracia pedía volk y los representantes de la Vieja Republica jamás se lo pudieron dar. Es esta la razón de que Perón haya sido tan radicalmente exitoso. Él supo resolver la tensión irresuelta que la democracia generó.

No obstante, antes de Juan Domingo, parece haber habido un intento previo de Perón. El primer proyecto de líder popular, carismático y personalista capaz de interpelar a la masa vino con la figura de Yrigoyen. Pero el líder radical era ampliamente distinto a Perón. Por empezar, él era un auténtico Brahmín. Como buen e histórico radical, provenía de la clase media-alta porteña. Por supuesto, gozaba de una importante formación académica; era un intelectual. Además, como buen militante radical, contaba con gran experiencia en la actividad política.

Yrigoyen era la expresión política del destino que toda nación prospera revela una vez que alcanza su auge. Las viejos refranes dicen: “Tiempos duros crean hombres duros, hombres duros crean buenos tiempos, buenos tiempos crean hombres blandos, hombres blandos crean tiempos duros”. Ok. La misión de Yrigoyen era convertir a un gran país forjado a pura sangre, sudor y lágrimas, con bastante sangre derramada y, sobre todo, con una voluntad de trabajo formidable, en un paraíso progresista. Yrigoyen era, efectivamente, un progresista. Entonces ¿Quién fue, más exactamente, Yrigoyen? En mi opinión, fue un intento de F.D. Roosevelt argentino.

Perón, por su parte, era indudablemente un Vaysia, y ni siquiera uno destacable. Proveniente de una familia de clase media baja, se formó como militar. Desde abajo, fue ascendiendo paulatinamente en las Fuerzas Armadas. Y, como buen militar, a nadie que lo hubiese conocido anteriormente a su famoso viaje a Italia se le hubiese ocurrido que él podría cuestionar el orden establecido. Todo cambiaria, como sabemos, cuando conoció el fascismo italiano. Pero no nos adelantemos.

Quizá mi comparación inicial con Perón quede, entonces, un poco “laxa”. Pero sí que es válida en cuanto al rol que ocuparon: Ambos vinieron a llenar el mismo vacío. La democracia tenía que definirse. Yrigoyen era su expresión comunista, Perón fue, finalmente, su expresión fascista. De hecho, la capacidad de “interpelar a la masa” que adjudique inicialmente a Yrigoyen es discutible, y estoy consciente de ello, y esta es su razón: Yyrigoyen era el tecnócrata, Perón el populista.

Este primer intento progresista de saciar el apetito de Cthulhu pudo ser derrotado porque del otro lado se encontraba una aristocracia que aún mantenía bastante poder relativo, principalmente, un aparato estatal que aún se encontraba, en buena medida, a su servicio y que, además, contaba con las Fuerzas Armadas.

La reacción contra Yrigoyen requirió necesariamente de acción militar. Fue el primer gran susto que la aristocracia local recibió de parte de la democracia. Vieron que Cthulhu, una vez desatado, era imparable. Advirtieron que la suave y atractiva bola de nieve que parecía la democracia, una vez descendiendo cuesta abajo, se convertía en una bola de demolición. Pero ¿Realmente fueron tan ingenuos los líderes de la Vieja Republica? Bueno, no todos. La democracia fue obra de Roque Sáenz Peña, un aristócrata romántico e intelectual. Realmente, era el hijo de un buen Optimate que se convirtió en Brahmin. Otros quisieron enmendar. A.P. Justo parecía tener un plan. Pero el futuro estaba sellado. La democracia exige redistribución, y si ellos no se la daban, no durarían mucho en el poder. Y así fue. Dentro de una propia facción del ejército, surgió quien finalmente le daría a la democracia el pueblo y la redistribución que quería.

En cierta medida, Perón era claramente mejor que Irigoyen. Nos dio un populismo nacionalista, mucho mejor que el populismo progresista en el que Irigoyen nos habría hundido rápidamente ¿Qué paso cuando Perón ascendió? Aquí está la clave del asunto. En Argentina no hay expresiones de ninguna derecha política porque el peronismo, al llegar formalmente al poder en 1946, arrasó con todo. No quedo absolutamente nada desde el centro hacia la derecha.

Ahora, el peronismo, considerado en sí mismo ¿Es de derecha o de izquierda? Una primera consideración es que depende de quién lo lidere. El peronismo de los Kirchner es totalmente de izquierda, el que dirigió Menem fue una formulación centro-derechista –ya llegaremos a eso- ¿Y el “peronismo de Perón”? Bueno, acá las cosas se vuelven más nebulosas. Su impronta nacionalista siempre estuvo más que clara. No obstante, su aspecto económico fue siempre izquierdista, su aspecto social ni que hablar; la propia idea de justicia social, central en el peronismo, es esencialmente de izquierda ¿Alcanza esto para incluirlo en la izquierda política? Quizá sí, quizá no. Pero dejemos un momento de lado el espectro clásico ya que, como vemos, no siempre es tan claro ¿Cómo se ubica el peronismo en el conflicto BDI-OV? Pues también es particular. Esto, porque el peronismo rompió los esquemas vigentes y quemó todos los libros de las fuerzas políticas pre-existentes. Si, inicialmente, parecía que la democracia local iba a convertirse en un bipartidismo que emulase al americano, con radicales y conservadores como nuestros demócratas y republicanos locales, es decir, con un escenario político que reflejase el conflicto BDI-OV, la situación fue totalmente diferente.

En su lugar, los radicales, claramente pertenecientes al lado BDI, parecieron convertirse en el partido de la clase media, al que se sumaron, en parte, ciertos Optimates que intentaban escapar al derrumbe de su dominio. La mayoría de ellos, no obstante, fueron exiliados de la política y perdieron paulatinamente su injerencia en cualquier institución estatal. Su último refugio fueron las Fuerzas Armadas. Esto produjo una extraña alianza: Progresistas y conservadores ahora se unían ante un enemigo común que los puso contra las cuerdas. El radicalismo, así, apoyo los golpes militares, solo para después clamar justicia por los derechos humanos violados durante los mismos. A la vez que el peronismo se convirtió en el partido de la clase baja, el radicalismo se afianzó como el de la clase media, mientras continuaba su natural evolución progresista hacia la izquierda. Más que curiosa inversión.

Así trascendió la historia política de nuestro país hasta el Proceso. Donde la salida militar constituía la verdadera escapatoria que los Vaysia necesitaban, una que la democracia no podía darle; a la vez que fueron los únicos capaces de mantener el orden social, uno que la democracia sin peronismo jamás podría mantener. Así que aquí tenemos, también, una explicación para los constantes quiebres democráticos: Completa ilegitimidad del sistema. La clase baja no tenía al peronismo, los Vaysia no tenían nada que ver con el progresismo radical, y sus viejos aliados Optimates estaban diseminados, acorralados y, por supuesto, ansiosos de tomar el poder utilizando el único elemento que les quedaba. Qué lindos engendros crea la democracia ¿No?

¿Qué pasó después? Una vez caído el gobierno militar, luego de 1983, se preparó el golpe interno que dejaría victoriosa a la rama montonera. El populismo en Argentina se volvió, efectivamente, de izquierda. Una formulación BDI que combina, de un modo muy interesante, elementos nacionalistas y marxistas. Una formulación puramente democrática ¿O no? Así que tal vez hemos descifrado el misterio del peronismo. Un populismo nacionalista que se movió desde una aparente y dudosa derecha hacia una izquierda evidente.

¿Cómo se dio este proceso? Como Yrigoyen iba a ser el F.D. Roosevelt argentino, por supuesto, su triunfo seria el triunfo de la Catedral. La UBA y los Brahmanes al poder. Pero claro, los Optimates, de la mano de las Fuerzas Armadas, no lo permitieron ¿Vemos donde comienza el desprecio Brahmin por los militares? Aún peor fue cuando el hombre que finalmente resolvió la tensión interna de la democracia irresuelta nació de su propio seno. Los intelectuales, inicialmente, eran hostiles al peronismo, y esto tenía todo el sentido del mundo: En los liderazgos populares no hay lugar para las intelligentsias. Todo cambiaria a partir de su huida. Con Perón fuera de escena, muchos sectores ganaron autonomía. Las mismas ideas de “liberación nacional” que profesaba el progresismo radical de los 50s y 60s, plasmado, por un lado, en las ideas de Prebisch y en la figura de Frondizi y, a su modo, en el propio Che Guevara, Brahmanes de fuste, finalmente avanzarían sobre el peronismo ¿Qué obtienes cuando mezclas progresismo universitario revolucionario y populismo nacionalista? Montoneros. El mismo Perón que antes era visto como una expresión nacionalsocialista argentina, ahora era entronizado como el auténtico líder que guiaría a las masas de trabajadores en su revolución popular. La conjugación subversiva surgió.

Con el tiempo, el progresismo local lo ocupo todo. La democracia fue eligiendo a su pueblo. La UBA no está tomada por ninguna izquierda. La UBA simplemente hace lo que hace y forma a quienes forma. La UBA es la izquierda. Cuando la última superviviente de las instituciones integrantes del viejo aparato estatal argentino, ósea las Fuerzas Armadas, se quebraron, por el desprestigio que les ganó su último gobierno; se les abrió una oportunidad y la aprovecharon. Sus intelectuales, militantes y dirigentes avanzaron hacia la esfera política y devoraron todo lo que allí había. Dentro de los radicales, la vieja dirigencia, heredera del antiperonismo de Illia, fue reemplazada por líderes de origen subversivo. El alfonsinismo se impuso. Igualmente, para el peronismo, a la también vieja dirigencia de Ludder y posteriormente de Cafiero, una que se hallaba en plena decadencia, luego de un pequeño momento de lucidez por parte de una facción que supo leer el momento político, el menemismo; también le había llegado el momento. El kirchnerismo fue la cúspide del populismo nacionalista de raigambre montonera. Efectivamente, lo que no pudieron hacer por las armas en los 70s, ahora lo harían por las urnas ¿El resto del peronismo? Facciones que resisten en sus enclaves provinciales y que han demostrado no ser mucho sin la rama principal.

Hoy, toda la política es progresista. Pero no es por esto que nos gobierna el progresismo, sino que es un reflejo del verdadero gobierno: La Catedral. No obstante, las instituciones del populismo local siguen siendo fuertes. En Argentina, aún no han sido derrotadas completamente todas las instituciones del régimen peronista. En la esfera política aún sigue prevaleciendo el populismo local. En la economía, las cúpulas sindicales y empresariales, el triángulo de hierro, se muestra más grande y relevante, pero no dominante, que en el Primer Mundo respecto del resto de integrantes del polígono del poder. El gobierno de Cambiemos es la manifestación en la esfera política de la cruzada que está librando la Catedral internacional (la “gobernanza global”) por consolidar su dominio local. El embate político, entonces, no es por la definición de una ideología concreta. Ambos son igualmente izquierdistas, y hasta en el mismo grado, solo que unos son locales y otros internacionales. Quitando el estilo político ¿Qué otra diferencia significativa observa entre Cambiemos y el kirchnerismo? No la hay. La cuestión se resume a quien mandará efectivamente. El populista quiere tomar el mando. La Catedral no se lo puede permitir.

Ya para concluir, antes de que te aburras, querido lector. Resulta que el único gobierno legal no militar inequívocamente considerable como “de derecha” desde la democracia, exceptuando, quizá, el excepcional caso de Alvear, fueron los dos mandatos consecutivos de Carlos Menem. Hoy, a 107 años de democracia –aunque no continuos, claro- podemos afirmar que hemos tenido solo dos gobiernos democráticos “de derecha”, eso sí, moderados y compatibles con la Catedral, claro.

La democracia no es una opción. Para nosotros, argentinos, ya debería estar más que claro. Actualmente hay una incipiente derecha gestándose. Tanto progresismo parece haber logrado su efecto: Los Vaysia se hartaron. Pero la respuesta no está en darle a nuestro sistema democrático una opción de derecha. Las derechas han fracasado inequívocamente en todo Occidente. Ninguna ha podido evitar la continua “comunización” de sus respectivos países en este lado del hemisferio. Una primera pregunta es ¿Por qué la política democrática falla? La respuesta la adelantamos al principio: Los políticos simplemente no gobiernan. La segunda es ¿Por qué nosotros seriamos distintos? La verdad es que no hay razones para ello. La única solución que incluye nuestro éxito empieza por desmantelarla.

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